España vive hoy las consecuencias de uno de los mayores fracasos de planificación económica de su historia reciente. Un fracaso que no se debe a la tecnología, ni al clima, ni a la transición energética, sino a algo mucho más simple y grave: la intervención política masiva en un sector que debería funcionar con reglas claras, estables y orientadas al mercado.
Lo que se vendió como un “milagro renovable” ha terminado convertido en un agujero negro financiero, un laberinto jurídico internacional y un castigo permanente para consumidores, empresas e incluso para el propio Estado, que ve cómo sus bienes son embargados en el extranjero por incumplir compromisos firmados.
Este desastre no es fruto de la mala suerte. Es el resultado directo de promesas imposibles, decisiones improvisadas y una gestión pública que ha ignorado sistemáticamente las señales del mercado.
Promesas irreales, burbuja garantizada
A mediados de la primera década del siglo, España decidió atraer inversión en renovables ofreciendo rentabilidades garantizadas durante 25 años. No eran incentivos razonables: eran cheques en blanco. El Estado prometió pagar precios muy por encima del valor real de la electricidad, sin límite, sin control y sin evaluar la sostenibilidad del sistema.
El resultado fue inmediato: una avalancha de inversiones, muchas de ellas extranjeras, que confiaron en la palabra del Estado español. Estas inversiones se concretaron en la instalación de miles de megavatios solares y eólicos bajo un marco regulatorio que, en aquel entonces ya se advirtió, era una bomba de relojería.
Cuando el déficit de tarifa se disparó y la crisis financiera golpeó, el Gobierno hizo lo que suele hacer cuando la realidad contradice sus promesas: cambió las reglas del juego. Recortó las primas, incluso de forma retroactiva, afectando a instalaciones ya construidas y financiadas. Lo que se había vendido como un compromiso firme se convirtió en papel mojado. Para que sea sencillo de entender, a esas empresas se les prometió a cambio de su inversión en renovables, unas primas que luego resultaron imposibles de pagar.
Consecuencia: Arbitrajes perdidos, embargos y descrédito internacional
Las empresas afectadas acudieron a tribunales internacionales. Y los tribunales han sido claros: España incumplió sus compromisos. Hoy el país acumula más de 2.300 millones de euros en indemnizaciones, intereses que crecen cada día y embargos de bienes públicos en varios países europeos y en Estados Unidos. Algo que ya se está viendo en la prensa a diario, como el famoso embargo de la sede del Instituto Cervantes en Utrecht de hace unas semanas y que está valorado en unos 10 millones de euros. Pero también fondos de Eurocontrol, cuentas vinculadas a organismos estatales, y muchos otros que irán llegando por desgracia. Se trata, sin duda, de una humillación internacional que ningún país serio debería permitirse y cuyo responsable principal, Zapatero, debería de estar pagando con la cárcel.
Este daño reputacional no es abstracto: encarece la inversión, reduce la confianza y penaliza a toda la economía española. Ningún inversor quiere entrar en un país donde el Estado cambia las reglas cuando le conviene.
El consumidor: como siempre, el paganini
Mientras tanto, el ciudadano español paga una de las facturas eléctricas más altas de Europa. No por la energía en sí, sino por los cargos regulados, impuestos y costes heredados de decisiones políticas equivocadas. En la factura se esconden conceptos opacos que financian desde el déficit de tarifa hasta las antiguas primas recortadas. El consumidor paga más, pero el Estado no paga lo que debe. Un doble castigo que revela la incoherencia del sistema.
Y, por si fuera poco, España ha vivido episodios de precios cero, desconexiones de plantas y riesgo de saturación de la red. Lo que algunos llaman “gran apagón” no es un fallo técnico: es la consecuencia directa de un mercado distorsionado por decisiones políticas que ignoran la realidad económica y, cómo no, a los verdaderos expertos.
Sobreproducción solar y quiebras silenciosas
Hoy España tiene tanta energía solar instalada que, en las horas centrales del día, la producción supera con creces la demanda. Esto hunde los precios del mercado mayorista hasta niveles cercanos a cero. Lo que debería ser una buena noticia «energía abundante y barata. Un sueño húmedo», pero que se convierte en un problema porque el sistema no está preparado para gestionarlo.
Las plantas solares antiguas, ya sin primas y con deudas bancarias, ven cómo sus ingresos se evaporan. Algunas empresas abandonan instalaciones, otras directamente quiebran. La energía solar se canibaliza a sí misma, porque produce tanto en tan poco tiempo que destruye su propio valor.
La pregunta que surge es instantánea: ¿y por qué no se almacena ese excedente? Porque las baterías a gran escala siguen siendo prohibitivamente caras y altamente contaminantes. Almacenar gigavatios/hora durante horas o días requeriría inversiones multimillonarias que hoy no son rentables.
El Estado como mal gestor y peor socio
Desde una perspectiva liberal, el error fundamental fue creer que el Estado podía planificar un sector tan complejo como el energético mejor que el mercado. El resultado demuestra lo contrario, aunque esto ya se sabía:
• Se prometieron rentabilidades irreales.
• Se instaló demasiada potencia.
• Se recortaron derechos adquiridos.
• Se judicializó el sistema.
• Se generó inseguridad jurídica.
• Se cargó el coste sobre consumidores y empresas.
Y lo más grave: se dañó la reputación internacional de España como destino de inversión.
Conclusión: España debe elegir ya entre política o mercado
El caso de las renovables en España es un ejemplo de libro sobre cómo la intervención política puede destruir valor, generar inseguridad jurídica y perjudicar tanto a consumidores como a empresas. La transición energética es necesaria, pero no puede construirse sobre subsidios eternos, promesas imposibles y decisiones improvisadas, más enfocadas a obtener un puñado de votos que a generar riqueza y estabilidad a los ciudadanos.
España tiene sol, viento y talento. Lo que necesita ahora es algo más escaso: reglas estables, respeto por los contratos «el famoso pacta sunt servanda» y un mercado que funcione sin interferencias políticas.
Hasta que eso no ocurra, seguiremos pagando los errores de un sistema que confundió planificación con propaganda y transición energética con ingeniería social y electoral.
España y el desastre energético: renovables como excusa para castigar mercados, empresas y ciudadanos
Publicado el 09/05/2026
Autor: Luis Molina Aguirre
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Luis Molina Aguirre
Luis Molina (Madrid, 1974) es escritor y analista de software. Fue militar y escolta privado. Es autor de novelas, relatos y poesía, aborda la intriga, el terror, la fantasía y la historia con un estilo ágil y propio mezclando misterio, emoción y reflexión.
Luis es socio fundador de "Una mirada liberal"